lunes, 3 de marzo de 2014

RELATO DE UN VIAJE A GRECIA



                                                                                                                  Por Adriana Pritz

Como amante de la historia, conocer Grecia fue siempre la ilusión de mi vida:
recorrer Atenas, subir a la Acrópolis, ver desde allí el ágora, el teatro, el odeón, el barrio Plaka, respirar el aire que respiraron hace siglos Pausanias, San Pablo, Chateaubriand, Lord Byron y tantos otros, ver el cielo azul profundo y el mar verde jade rumbo a las maravillosas islas que rodean la Hélade, compenetrarse con el sentir helénico y su modus vivendi, debía sin duda  ser la experiencia más inolvidable con la que puede soñar una santafesina.
Afortunadamente en 1999 pude viajar a Atenas, con el propósito de hacer una Tesis visual de tantos años de docencia sobre la antigüedad greco-latina en las aulas universitarias de la UCSF primero y en la FADU de la UNL después.

El arribo aéreo nos mostró una ciudad de edificaciones no muy altas, una mancha extendida de viviendas blancas con losas planas, uniforme, monocromática. Esa primera impresión fue cambiando al viajar en un transporte público hacia el centro, dominado por una elevación prominente, la Acrópolis.

El asombro experimentado por el recién llegado no era compartido por los lugareños para quienes la visión de la roca pulida por el sol y coronada por el Partenón es cosa cotidiana.
El micro nos dejo en las inmediaciones de Plaza Omonia, un lugar espacioso rodeado de hoteles y edificios administrativos, transitado por centenares de personas de diferentes nacionalidades a juzgar por sus vestimentas europeas u orientales según el caso.

Dejamos el equipaje en el Hotel y salimos a caminar al azar para explorar la ciudad, por la calle Stadiou, yendo desde Omonia hasta la enorme Plaza Sintagma para conocer a los griegos, nada etéreos, parecidos a Aristóteles Onassis, arremolinados en cafés y esquinas, gesticulando con sus manos llenas de anillos de oro, hablando en voz alta y luchando contra el tránsito. 



Luego fuimos a Monastiraki, un sector como un antiguo bazar turco y de allí comenzamos a escalar la Acrópolis para visitar las ilustres ruinas del Partenon, los Propileos, el Erecteión, conocer el Teatro de Dionisios, el Odeon de Herodes Anticus, el ágora cercana y recorrer las antiquísimas callecitas del barrio Plaka, donde advertimos la presencia de numerosos gatos.
Las primeras jornadas transcurrieron visitando todos los museos habidos y por haber, entre una multitud bulliciosa de turistas viajeros y pedigüeños, frecuentando mercados llenos de ofertas gastronómicas, algunas frescas recién extraídas del mar y la búsqueda de otro alojamiento ya que el primero contratado cerró por razones no especificadas.

Gracias a referencias pudimos encontrar una habitación libre en el Amazon Hotel cerca de la agencia de turismo en Plaza Syntagma. Taki, el agente de viajes nos ofreció las excursiones de rigor como el crucero a las islas de Hydra, Poros y Egina partiendo del Pireo, un viaje al Templo de Poseidón en Cabo Sunion en la parte sur de la península con la maravillosa puesta del sol y nacimiento de la luna casi en simultáneo, una visita a la Argólida pasando por la ciudadela de Tirinto Micenas, la tumba de Agamenón, la puerta de los Leones, el canal de Corinto y el teatro de Epidauro, la visita a Delfos, el oráculo  y el templo de Apolo, a Mykonos y otras ofertas a cual más tentadora.




Debido al entusiasmo de querer ver todo de golpe y al haber viajado en temporada baja, esto es a mediados de marzo donde todavía es invierno y hace frío, me enfermé y debí quedarme en el hotel cancelando la soñada excursión a Mykonos.

Por suerte una compañera de Islas Canarias, Tita Fontes de León que viajaba en el tour yendo a Delfos me acompañó en todo momento y gracias a ella y a los sustanciosos platos de sopa de pollo o chicken soup de un restaurante cercano mi inconveniente no pasó a mayores.

Visité el Zappio mégaro, lugar donde se preparaban los Juegos Olimpicos de 2004 donde fui atendida por una anfitriona de lujo, la intérprete María Mourkoussi, que gentilemente me dio datos para escribir un artículo que salió publicado en el diario El Litoral de Santa Fe el martes18 de mayo de 1999, página Persona y Sociedad.

Los últimos días de viaje, mientras recuperaba las fuerzas para el regreso decidí salir a recorrer la zona para hallar un TE con el que llamar a mi madre. En el lobby del hotel encontré un periódico escrito en inglés que anunciaba las propuestas culturales de ese día. Una de ellas llamó mi atención, una exhibición del escultor Colin Miller en la Embajada de Inglaterra en Atenas.



La idea de conocer la Embajada por dentro me encantó ya que siendo una turista que viajaba de incógnito, no hubiese podido ingresar al edificio por otros medios.
Es así que a la hora señalada me presenté ante los guardias que custodiaban el ingreso y entré en uno de los edificios neoclásicos más célebres y hermosos de Atenas.

La exhibición estaba desplegada en el sitting-room y parte del ballroom. Previamente y tal como se estila en estos casos, firmé el Libro de Visitas.  Esta práctica, que virtualmente ha muerto en nuestros días, se utilizaba para que el Embajador pudiese conocer el progreso del viaje y realizar contactos entre los visitantes. Doy fe que fui correspondida con una gentileza inesperada por parte del Diplomático.

Mientras recorría la exhibición de esculturas de Colin Miller, una treintena de obras pequeñas pero de una factura increíble, vi llegar al autor y a su esposa y me acerqué para felicitarlo por su trabajo.







Cuando les dije que era argentina me comentó que la noche anterior había cenado con el Embajador argentino en Grecia, oh, sorpresa, el Arqto. Francisco (Franz) Bullrich y su hermosa esposa. Al hablar sobre su obra dijo:

-       "_Pretendo con mi trabajo evocar un sentimiento de exploración  y participación mientras intento estimular visual y emocionalmente a mi audiencia. Sobre todo pretendo compartir el placer que siento cuando creo mis esculturas. La naturaleza, la mitología griega y el fenómeno de la Creación son mis principales fuentes de inspiración."





Maravillada por esta muestra inesperada de cultura, al salir del edificio advertí que había sobre la Mesa de Entradas, varios ejemplares del libro The British Embassy in Athens de Michael Llewellyn Smith. Solicité uno que me fue gentilmente obsequiado, una obra impecable con dibujos originales y fotos de época de la historia del edificio, inspirados en la delicia y el interés de vivir en esa residencia.

De regreso a Argentina escribí a la Embajada Británica solicitando otro ejemplar para obsequiar a la Biblioteca de la Cultural Inglesa de Santa Fe, lugar donde aprendí el idioma que me permitió conocer ese lugar y al cabo de un tiempo recibí el libro con una atenta misiva.


Y culminé esa tarde espiritualmente rica y mágica con una visita a la confitería del célebre Hotel Grande Bretagne, frente a Plaza Syntagma para tomar un delicioso té.

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