Por Adriana Pritz
Como amante de la historia,
conocer Grecia fue siempre la ilusión de mi vida:
recorrer Atenas, subir a la
Acrópolis, ver desde allí el ágora, el teatro, el odeón, el barrio Plaka,
respirar el aire que respiraron hace siglos Pausanias, San Pablo,
Chateaubriand, Lord Byron y tantos otros, ver el cielo azul profundo y el mar
verde jade rumbo a las maravillosas islas que rodean la Hélade, compenetrarse
con el sentir helénico y su modus vivendi, debía sin duda ser la experiencia más inolvidable con la que
puede soñar una santafesina.
Afortunadamente en 1999 pude
viajar a Atenas, con el propósito de hacer una Tesis visual de tantos años de
docencia sobre la antigüedad greco-latina en las aulas universitarias de la
UCSF primero y en la FADU de la UNL después.
El arribo aéreo nos mostró
una ciudad de edificaciones no muy altas, una mancha extendida de viviendas
blancas con losas planas, uniforme, monocromática. Esa primera impresión fue
cambiando al viajar en un transporte público hacia el centro, dominado por una
elevación prominente, la Acrópolis.
El asombro experimentado por
el recién llegado no era compartido por los lugareños para quienes la visión de
la roca pulida por el sol y coronada por el Partenón es cosa cotidiana.
El micro nos dejo en las
inmediaciones de Plaza Omonia, un lugar espacioso rodeado de hoteles y
edificios administrativos, transitado por centenares de personas de diferentes
nacionalidades a juzgar por sus vestimentas europeas u orientales según el
caso.
Dejamos el equipaje en el
Hotel y salimos a caminar al azar para explorar la ciudad, por la calle
Stadiou, yendo desde Omonia hasta la enorme Plaza Sintagma para conocer a los
griegos, nada etéreos, parecidos a Aristóteles Onassis, arremolinados en cafés
y esquinas, gesticulando con sus manos llenas de anillos de oro, hablando en
voz alta y luchando contra el tránsito.
Luego fuimos a Monastiraki,
un sector como un antiguo bazar turco y de allí comenzamos a escalar la Acrópolis
para visitar las ilustres ruinas del Partenon, los Propileos, el Erecteión,
conocer el Teatro de Dionisios, el Odeon de Herodes Anticus, el ágora cercana y
recorrer las antiquísimas callecitas del barrio Plaka, donde advertimos la
presencia de numerosos gatos.
Las primeras jornadas
transcurrieron visitando todos los museos habidos y por haber, entre una
multitud bulliciosa de turistas viajeros y pedigüeños, frecuentando mercados llenos
de ofertas gastronómicas, algunas frescas recién extraídas del mar y la
búsqueda de otro alojamiento ya que el primero contratado cerró por razones no
especificadas.
Gracias a referencias pudimos
encontrar una habitación libre en el Amazon Hotel cerca de la agencia de
turismo en Plaza Syntagma. Taki, el agente de viajes nos ofreció las
excursiones de rigor como el crucero a las islas de Hydra, Poros y Egina
partiendo del Pireo, un viaje al Templo de Poseidón en Cabo Sunion en la parte
sur de la península con la maravillosa puesta del sol y nacimiento de la luna
casi en simultáneo, una visita a la Argólida pasando por la ciudadela de
Tirinto Micenas, la tumba de Agamenón, la puerta de los Leones, el canal de
Corinto y el teatro de Epidauro, la visita a Delfos, el oráculo y el templo de Apolo, a Mykonos y otras
ofertas a cual más tentadora.
Debido al entusiasmo de
querer ver todo de golpe y al haber viajado en temporada baja, esto es a
mediados de marzo donde todavía es invierno y hace frío, me enfermé y debí
quedarme en el hotel cancelando la soñada excursión a Mykonos.
Por suerte una compañera de
Islas Canarias, Tita Fontes de León que viajaba en el tour yendo a Delfos me
acompañó en todo momento y gracias a ella y a los sustanciosos platos de sopa
de pollo o chicken soup de un restaurante cercano mi inconveniente no pasó a
mayores.
Visité el Zappio mégaro,
lugar donde se preparaban los Juegos Olimpicos de 2004 donde fui atendida por
una anfitriona de lujo, la intérprete María Mourkoussi, que gentilemente me dio
datos para escribir un artículo que salió publicado en el diario El Litoral de
Santa Fe el martes18 de mayo de 1999, página Persona y Sociedad.
Los últimos días de viaje,
mientras recuperaba las fuerzas para el regreso decidí salir a recorrer la zona
para hallar un TE con el que llamar a mi madre. En el lobby del hotel encontré
un periódico escrito en inglés que anunciaba las propuestas culturales de ese
día. Una de ellas llamó mi atención, una exhibición del escultor Colin Miller
en la Embajada de Inglaterra en Atenas.
La idea de conocer la
Embajada por dentro me encantó ya que siendo una turista que viajaba de
incógnito, no hubiese podido ingresar al edificio por otros medios.
Es así que a la hora
señalada me presenté ante los guardias que custodiaban el ingreso y entré en
uno de los edificios neoclásicos más célebres y hermosos de Atenas.
La exhibición estaba
desplegada en el sitting-room y parte del ballroom. Previamente y tal como se
estila en estos casos, firmé el Libro de Visitas. Esta práctica, que virtualmente ha muerto en
nuestros días, se utilizaba para que el Embajador pudiese conocer el progreso
del viaje y realizar contactos entre los visitantes. Doy fe que fui correspondida
con una gentileza inesperada por parte del Diplomático.
Mientras recorría la
exhibición de esculturas de Colin Miller, una treintena de obras pequeñas pero
de una factura increíble, vi llegar al autor y a su esposa y me acerqué para
felicitarlo por su trabajo.
Cuando les dije que era
argentina me comentó que la noche anterior había cenado con el Embajador
argentino en Grecia, oh, sorpresa, el Arqto. Francisco (Franz) Bullrich y su
hermosa esposa. Al hablar sobre su obra dijo:
- "_Pretendo
con mi trabajo evocar un sentimiento de exploración y participación mientras intento estimular visual
y emocionalmente a mi audiencia. Sobre todo pretendo compartir el placer que
siento cuando creo mis esculturas. La naturaleza, la mitología griega y el
fenómeno de la Creación son mis principales fuentes de inspiración."
Maravillada por esta muestra
inesperada de cultura, al salir del edificio advertí que había sobre la Mesa de
Entradas, varios ejemplares del libro The
British Embassy in Athens de Michael Llewellyn Smith. Solicité uno que me
fue gentilmente obsequiado, una obra impecable con dibujos originales y fotos
de época de la historia del edificio, inspirados en la delicia y el interés de
vivir en esa residencia.
De regreso a Argentina
escribí a la Embajada Británica solicitando otro ejemplar para obsequiar a la
Biblioteca de la Cultural Inglesa de Santa Fe, lugar donde aprendí el idioma
que me permitió conocer ese lugar y al cabo de un tiempo recibí el libro con
una atenta misiva.
Y
culminé esa tarde espiritualmente rica y mágica con una visita a la confitería
del célebre Hotel Grande Bretagne, frente a Plaza Syntagma para tomar un
delicioso té.





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