jueves, 6 de marzo de 2014

ARQUITECTA DE LA SOCIEDAD


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La mujer del siglo XXI debe multiplicarse para cumplir los roles tradicionales más los nuevos que la vida actual implica.
Foto: Archivo El Litoral
Arq. Adriana Pritz
En este fin de semana que celebramos el 8 de Marzo, el Día Internacional de la Mujer, dedicamos estas líneas para resaltar el valor de las mujeres como pilares sobre los cuales descansa la construcción social.
Desde la noche de los tiempos, el papel de nuestras congéneres del sexo femenino se reducía solamente al ámbito de la vida familiar, a la reproducción, a hacerse cargo de las labores domésticas, al cuidado de la prole, alimentación, vestido y educación.
En el siglo pasado, en aquellos países del hemisferio norte donde a causa de las guerras la población masculina fue diezmada, el rol de la mujer tomó mayor preponderancia, ya que a sus tareas habituales debió asumir aquellas ocupaciones que antes eran desempeñadas por los hombres. Y esos ejemplos llegaron a países como los nuestros
donde era raro ver a señoras o señoritas trabajando de albañiles, plomeras, electricistas, policías, repartiendo la correspondencia o conduciendo colectivos.
Se ha hablado hasta el hartazgo acerca del porqué las mujeres no ocupan cargos dirigenciales, por qué hay tan pocas de ellas en los puestos clave empresariales o políticos. Muchas de las que lo han conseguido pagan duros precios por esos espacios de poder que han logrado disputarles a los hombres, llámese falta de tiempo para dedicar a la educación de sus hijos, tiempo para sus parejas, tiempo para dedicar a ellas mismas a gratificar su autoestima con tareas que no sean solamente las de limpieza y rutina del hogar como continuar su educación o ampliar horizontes culturales.
El desafío actual
En nuestros tiempos, donde la violencia cotidiana y los problemas de convivencia nos aterran, donde falta a ojos vista la contención social de niños, jóvenes y ancianos, la mujer del siglo veintiuno debe multiplicarse para cumplir también el rol que desempeñaban nuestras abuelas, fuertes, decididas, cual era apuntalar el hogar contra viento y marea, haciendo confortable y vivencial la vida hogareña, que no falte el plato de sopa y el pan caliente en el invierno, o una merienda con dulces caseros cuando se llega hambriento del colegio o del trabajo, encontrar ropa limpia y planchada en los roperos y una cama tendida, la casa barrida y ordenada pero por sobre todo, una sonrisa, una caricia o una palabra amable cuando se necesita tanto de esa armonía que falta en la vida fuera del hogar. Porque es en el hogar donde se forja la verdadera educación, un joven contenido en su hogar no necesita salir a buscar afuera en la droga y el alcohol aquello de lo que carece, es allí donde debe encontrar orden, armonía y tranquilidad.
Es por esto que dedicamos nuestro reconocimiento a las enfermeras de los hospitales,
a las mujeres que atienden los comedores públicos, a las docentes, a las empleadas domésticas, a las que trabajan fuera de casa en tantas tareas necesarias, a las que cobijan animales de la calle, a todas y cada una de aquellas que anónima, callada y cotidianamente sostienen de algún modo la familia y nuestra sociedad cada día.
A las mujeres que encontraron su lugar como formadoras y educadoras de seres humanos nuestro agradecimiento, ya que ellas sabrá preparar adecuadamente a las nuevas generaciones para tomar sus lugares cuando hayan cumplido su ciclo vital.

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