Arq. Adriana Isabel Pritz
Artículo publicado en el diario “El Litoral” de Santa Fe en fecha
Agosto 10 de 1988.
Atenas,
ciudad donde habita y trabaja más de la mitad de la población total de Grecia,
viviendo en
minúsculos e incómodos departamentos, ha sido descripta como la versión europea
de la ciudad de México: una conurbación extendida y contaminada de parecido
exacto. La única joya es la Acrópolis
que, según el irónico parecer del escritor Cyril Conolly, se asemeja a “una
colección de dientes sobre un plato roto”.
Desde siempre
los atenieneses soñaron con hacer de su ciudad un sitio placentero.
Cuando los
turcos abandonaron Atenas, a principios de 1830, urbanistas europeos arribaron
de Baviera con sus ideas de una Atenas moderna: bulevares radiantes partiendo
desde la Acrópolis hacia el infinito solo interrumpidos por líneas de puntos
imaginarias marcando los bordes de su Plan Maestro.
Como todos
los habitantes del Tercer Mundo saben bien, tales líneas imaginarias tienden a
elevar valores de tierra dentro de las áreas designadas a niveles que muchos
trabajadores no pueden afrontar. ¿Cómo entonces podría construirse esta nueva
ciudad si las personas que iban a edificarla no tenían medios económicos para
subsistir allí?
Con este
problema se enfrentaron los primeros trabajadores que arribaron a Atenas en
busca de trabajo desde su nativa Anaphis, pequeña isla situada en el Mar
Egeo. Habían escuchado que existía una
ley ( que todavía parece aplicarse en nuestros días) según la cual si alguien
construía una edificación durante la noche, no podía ser derrumbada ya nunca
más en los días subsiguientes. De este
modo, reunieron todos los materiales que pudieron encontrar en un área
deshabitada cercana a las rocas de la Acrópolis. Durante toda esa noche, hombres y
mujeres construyeron
incansablemente. A la mañana siguiente,
a pesar de la lógica conmoción, notaron que nadie tocó un ladrillo de la
estructura recién terminada.
Con el correr
del tiempo, nuevos contingentes repitieron el mismo procedimiento en la ladera
norte de la Acrópolis.
A mediados de
1920, toda la población de esa área provenía de Anaphis y sus viviendas, junto
con dos de sus iglesias, se hallaban construidas en un estilo similar al de la
isla natal. A pesar de su fortuita
construcción, el sector conserva el encanto y la frescura original siendo
conocido como “Anaphiótica”, que
quiere decir “al estilo de Anaphis”.
Durante el
boom constructivo de principios de 1970, las autoridades griegas comenzaron a
mirar esas áreas tan cercanas a la Acrópolis como “un vergonzoso mal de ojo”
que debía ser extirpado. Un grupo de
estudiantes de la Facultad de Arquitectura de Toronto, Canadá, que reunieron
fondos para hacer un viaje de estudios a Grecia durante el verano, dieron un
nuevo enfoque al problema.
A diferencia
de las autoridades de ese tiempo, lo primero que hicieron estos estudiantes fue
tomar un barco a la isla de Anaphis, estudiar y fotografiar los edificios y sus
alrededores. Luego se trasladaron a
Atenas e hicieron lo mismo con Anaphiótica, a los pies de la Acrópolis. A continuación invitaron a las autoridades y
a los arqueólogos más renombrados a la exposición de sus hallazgos. Primero
mostraron diapositivas de los edificios
de Anaphis; luego, los edificios de
Anaphiótica; luego mezclaron las dos y ya nadie pudo encontrar diferencias.
--¿Porqué un
grupo es considerado como “mal de ojo” y el otro atractivo y pintoresco si
ambas agrupaciones edilicias utilizan los mismos materiales, las mismas
técnicas constructivas, formas y decoraciones bajo el mismo cielo azul?,
argumentaron los estudiantes.
Ningún
funcionario supo dar respuesta apropiada, pero la cuestión es que en la
actualidad, todo aquel que visita la Acrópolis, puede apreciar las blancas
construcciones de Anaphiótica gozando de buena salud y brillando bajo el
ardiente sol ateniense.

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