Por Adriana Isabel Pritz Clausen
En tiempos
actuales, merced a la globalización y al bombardeo mediático masivo, nuevos
valores parecerían haberse instalado en nuestra sociedad. Este fenómeno,
alimentado por la televisión, la radio y los medios escritos, plantea los
enormes problemas que trae aparejada la vejez para los propios ancianos, así
como para el resto de la sociedad. Las pantallas de nuestros televisores
reflejan una realidad excluyente de la que muy pocos canales se libran, una
exhibición casi obscena de banalidad, donde el valor juventud prima casi
absolutamente.
Las crónicas
cotidianas dan cuenta permanentemente de los sufrimientos y humillaciones a las
que se ven sometidos las personas de la tercera edad en los diferentes lugares
donde deben desenvolverse y desarrollar sus actividades: el escaso o nulo
conocimiento informático los hace vulnerables a engaños y robos en los cajeros
automáticos, arrebatadores callejeros los despojan de sus carteras con el haber
jubilatorio recién cobrado y documentación personal, leemos de abuelos que son
atropellados en la vía pública por jóvenes y desaprensivos automovilistas que
parecerían ignorar que la vejez, inexorablemente y si tienen la suerte de
llegar vivos, también va a ser una etapa de sus vidas, como lógica consecuencia
de la condición humana.
Parecería que, en
mundo donde se vive vertiginosamente, los viejos molestan, no sirven, no
producen, son un estorbo y encima de todo ese lastre, todavía necesitan del
diario sustento para seguir viviendo. Son muy pocas las personas jóvenes que
todavía conviven en sus hogares con personas mayores, siendo su destino más
común el geriátrico, en el mejor de los casos. Las personas ancianas no ocupan
ya el lugar que ocupaban en el siglo pasado. El respeto se ha hecho menos
profundo; no se es ya el jefe de la tribu, el guardián de la tradición, el
mayor. Aunque se posea experiencia, se queda superado por los conocimientos de
los jóvenes. El sistema de valores, que ha variado, provoca conflictos
generacionales y los mayores sienten sentimientos de vacío e inutilidad.
Sin embargo, si
reflexionamos, nos es imposible concebir la importancia abrumadora de las
personas ancianas, desde tiempos primitivos en las diferentes sociedades, como
depositarias de información y experiencia.
En las sociedades
tradicionales la supervivencia de una mujer ha sido siempre importante no sólo
para sus hijos sino también para sus nietos. Las abuelas aportan a su
descendencia algo más que comida. Son con frecuencia las que cuidan a la prole
de sus hijos adultos mientras ellos se encuentran ocupados tratando de ganarse
la vida en dos y hasta tres trabajos, o simplemente los contienen y alimentan
si éstos carecen del mismo, con sus generalmente magras pensiones o
jubilaciones.
Simone de Beauvoir
en su admirable obra "La vejez" realizó hace algunos años un profundo
análisis de esta etapa de los seres humanos, respondiendo lúcidamente a todas
las preguntas que pueden formularse en torno al enigma angustioso de la vida,
de su desvanecimiento, y a la aceptación del envejecimiento, que es un hecho
irreversible de la naturaleza.
En las sociedades
prehistóricas la gente mayor era considerada como el reservorio moral y
espiritual. Los ancianos eran tratados como sabios, a los que se consultaba
ante problemas de difícil resolución y eran indiscutiblemente los más versados
en historia, puesto que conocían a todas las familias del lugar.
En su círculo eran
objeto de una admiración primitiva. Atraían el respeto por los poderes y
conocimientos secretos que se le atribuían. Por otra parte, y a causa de su
escaso número, no planteaban especiales problemas a la colectividad.
El Profesor de
Fisiología de la Escuela de Medicina de la UCLA (*) Jared Diamond, refiere una
anécdota donde plantea que la experiencia acumulada en los recuerdos de la
gente mayor, es valiosa para la supervivencia del resto.
En un viaje que
realizó a Rennell, una de las islas Salomón en el cinturón de los ciclones del
suroeste del Pacífico, preguntó a los nativos qué especies de frutas y granos
comían las aves. Estos le nombraron cerca de tres docenas de especies de
plantas, por nombres en su idioma, clasificando a las frutas en tres
categorías: las que la gente nunca come, las que la gente come con regularidad
y las que la gente come sólo en tiempos de hambruna. Diamond comenzó a oír un
término de Rennell que en principio no conocía: el hungi kengi.
Con esas palabras
los habitantes de la isla definían al ciclón de efectos más destructores que
hay memoria en la isla. Aparentemente hacia 1910, según datos fechados de la
administración colonial europea, el hungi kengi barrió la mayor parte de los
bosques de la isla de Rennell, destruyó los huertos y llevó a la gente al borde
de morir por inanición. Los isleños sobrevivieron comiendo frutas de especies de
plantas salvajes que habitualmente no se consumían.
Ahora bien, ¿cómo
podía saberse qué especies eran las venenosas, cuáles no y si el veneno podía
eliminarse con alguna técnica?
Cuando Diamond
comenzó a interrogar a gente de mediana edad sobre los frutos comestibles, fue
conducido a una pequeña cabaña perdida en la espesura del monte. La moradora,
una frágil anciana, era la última persona viva con experiencia directa de qué
plantas resultaron seguras y nutritivas de comer después del hungi kengi, hasta
que los huertos de la gente comenzaron a producir de nuevo. La mujer explicó
que era una niña cuando vino el ciclón.
Su propia
supervivencia había dependido de la información recordada por los ancianos
sobrevivientes del último gran ciclón antes del hungi kengi. Ahora, la gente
dependía de sus propios recuerdos para sobrevivir, afortunadamente muy
completos.
Esta anécdota, que
refleja el valor esencial de los ancianos para la supervivencia no sólo
familiar sino también comunitaria en pequeñas sociedades tradicionales, sirve
para corroborar la tesis de que nadie es innecesario.
Las civilizaciones
más evolucionadas han honrado siempre a sus ancianos. Un mejor conocimiento de
sus problemas debería permitirnos servirlos mejor, y de este modo hacernos
dignos de nuestros predecesores. Ojalá la lectura de estas líneas aporte un
mensaje de alegría y esperanza a cuantos viven "la melancolía del
crepúsculo".
A la memoria del Prof. José Baldomero Alvarez García (fallecido a los 93 años) quien con su salud quebrantada, nunca dejó de leer, ni de transmitir, a quienes lo escuchaban, conocimientos sobre Ciencias o Lengua con envidiable lucidez y espíritu docente. Su actitud de vida nos ha dejado profundas e imborrables huellas que jamás olvidaremos, así como la de tantos otros queridos mayores de Guadalupe cuyos ejemplos de vida nos guían e iluminan permanentemente.
Fuente: Revista Orgyn Nº

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