jueves, 6 de marzo de 2014

EL VALOR DE SER MAYOR


                                                                                                   Por Adriana Isabel Pritz Clausen

En tiempos actuales, merced a la globalización y al bombardeo mediático masivo, nuevos valores parecerían haberse instalado en nuestra sociedad. Este fenómeno, alimentado por la televisión, la radio y los medios escritos, plantea los enormes problemas que trae aparejada la vejez para los propios ancianos, así como para el resto de la sociedad. Las pantallas de nuestros televisores reflejan una realidad excluyente de la que muy pocos canales se libran, una exhibición casi obscena de banalidad, donde el valor juventud prima casi absolutamente.
Las crónicas cotidianas dan cuenta permanentemente de los sufrimientos y humillaciones a las que se ven sometidos las personas de la tercera edad en los diferentes lugares donde deben desenvolverse y desarrollar sus actividades: el escaso o nulo conocimiento informático los hace vulnerables a engaños y robos en los cajeros automáticos, arrebatadores callejeros los despojan de sus carteras con el haber jubilatorio recién cobrado y documentación personal, leemos de abuelos que son atropellados en la vía pública por jóvenes y desaprensivos automovilistas que parecerían ignorar que la vejez, inexorablemente y si tienen la suerte de llegar vivos, también va a ser una etapa de sus vidas, como lógica consecuencia de la condición humana.
Parecería que, en mundo donde se vive vertiginosamente, los viejos molestan, no sirven, no producen, son un estorbo y encima de todo ese lastre, todavía necesitan del diario sustento para seguir viviendo. Son muy pocas las personas jóvenes que todavía conviven en sus hogares con personas mayores, siendo su destino más común el geriátrico, en el mejor de los casos. Las personas ancianas no ocupan ya el lugar que ocupaban en el siglo pasado. El respeto se ha hecho menos profundo; no se es ya el jefe de la tribu, el guardián de la tradición, el mayor. Aunque se posea experiencia, se queda superado por los conocimientos de los jóvenes. El sistema de valores, que ha variado, provoca conflictos generacionales y los mayores sienten sentimientos de vacío e inutilidad.
Sin embargo, si reflexionamos, nos es imposible concebir la importancia abrumadora de las personas ancianas, desde tiempos primitivos en las diferentes sociedades, como depositarias de información y experiencia.
En las sociedades tradicionales la supervivencia de una mujer ha sido siempre importante no sólo para sus hijos sino también para sus nietos. Las abuelas aportan a su descendencia algo más que comida. Son con frecuencia las que cuidan a la prole de sus hijos adultos mientras ellos se encuentran ocupados tratando de ganarse la vida en dos y hasta tres trabajos, o simplemente los contienen y alimentan si éstos carecen del mismo, con sus generalmente magras pensiones o jubilaciones.
Simone de Beauvoir en su admirable obra "La vejez" realizó hace algunos años un profundo análisis de esta etapa de los seres humanos, respondiendo lúcidamente a todas las preguntas que pueden formularse en torno al enigma angustioso de la vida, de su desvanecimiento, y a la aceptación del envejecimiento, que es un hecho irreversible de la naturaleza.
La sabiduría de la anciana campesina
En las sociedades prehistóricas la gente mayor era considerada como el reservorio moral y espiritual. Los ancianos eran tratados como sabios, a los que se consultaba ante problemas de difícil resolución y eran indiscutiblemente los más versados en historia, puesto que conocían a todas las familias del lugar.
En su círculo eran objeto de una admiración primitiva. Atraían el respeto por los poderes y conocimientos secretos que se le atribuían. Por otra parte, y a causa de su escaso número, no planteaban especiales problemas a la colectividad.
El Profesor de Fisiología de la Escuela de Medicina de la UCLA (*) Jared Diamond, refiere una anécdota donde plantea que la experiencia acumulada en los recuerdos de la gente mayor, es valiosa para la supervivencia del resto.
En un viaje que realizó a Rennell, una de las islas Salomón en el cinturón de los ciclones del suroeste del Pacífico, preguntó a los nativos qué especies de frutas y granos comían las aves. Estos le nombraron cerca de tres docenas de especies de plantas, por nombres en su idioma, clasificando a las frutas en tres categorías: las que la gente nunca come, las que la gente come con regularidad y las que la gente come sólo en tiempos de hambruna. Diamond comenzó a oír un término de Rennell que en principio no conocía: el hungi kengi.
Con esas palabras los habitantes de la isla definían al ciclón de efectos más destructores que hay memoria en la isla. Aparentemente hacia 1910, según datos fechados de la administración colonial europea, el hungi kengi barrió la mayor parte de los bosques de la isla de Rennell, destruyó los huertos y llevó a la gente al borde de morir por inanición. Los isleños sobrevivieron comiendo frutas de especies de plantas salvajes que habitualmente no se consumían.
Ahora bien, ¿cómo podía saberse qué especies eran las venenosas, cuáles no y si el veneno podía eliminarse con alguna técnica?
Cuando Diamond comenzó a interrogar a gente de mediana edad sobre los frutos comestibles, fue conducido a una pequeña cabaña perdida en la espesura del monte. La moradora, una frágil anciana, era la última persona viva con experiencia directa de qué plantas resultaron seguras y nutritivas de comer después del hungi kengi, hasta que los huertos de la gente comenzaron a producir de nuevo. La mujer explicó que era una niña cuando vino el ciclón.
Su propia supervivencia había dependido de la información recordada por los ancianos sobrevivientes del último gran ciclón antes del hungi kengi. Ahora, la gente dependía de sus propios recuerdos para sobrevivir, afortunadamente muy completos.
Esta anécdota, que refleja el valor esencial de los ancianos para la supervivencia no sólo familiar sino también comunitaria en pequeñas sociedades tradicionales, sirve para corroborar la tesis de que nadie es innecesario.
Las civilizaciones más evolucionadas han honrado siempre a sus ancianos. Un mejor conocimiento de sus problemas debería permitirnos servirlos mejor, y de este modo hacernos dignos de nuestros predecesores. Ojalá la lectura de estas líneas aporte un mensaje de alegría y esperanza a cuantos viven "la melancolía del crepúsculo".


A la memoria del Prof. José Baldomero Alvarez García (fallecido a los 93 años) quien con su salud quebrantada, nunca dejó de leer, ni de transmitir, a quienes lo escuchaban, conocimientos sobre Ciencias o Lengua con envidiable lucidez y espíritu docente. Su actitud de vida nos ha dejado profundas e imborrables huellas que jamás olvidaremos, así como la de tantos otros queridos mayores de Guadalupe cuyos ejemplos de vida nos guían e iluminan permanentemente.

 Fuente: Revista Orgyn Nº




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