por Adriana Pritz
Artículo publicado en Diario El Litoral de Santa Fe en Febrero 29 de 2000
La época estival en nuestra región es
pródiga en festivales donde se hace culto a nuestras tradiciones musicales. La
vigencia de cierto grupo musical integrado por jóvenes trovadores cuyo
repertorio incluye temas dedicados al amor y la reflexión escuchada al pasar de
cierta jovencita que exclamó,
-"Ay, quien fuera merecedora de una serenata
cantada por ellos junto a mi ventana..."
me movieron a escribir estas líneas.
Hoy ya nadie declara su amor a otra
persona a través de una serenata.
Nuestra sociedad se mueve con códigos muy diferentes de los de hace medio siglo donde tales expresiones de
galantería eran moneda corriente a la hora de expresar los sentimientos hacia
el ser amado.
En aquellos tiempos, los galanes solían dedicar serenatas a sus damas donde además existía un
código floral para expresar aceptación o desaire. Por lóbrega que fuese la noche, el cantor
divisaba la flor y acudía a la señal.
Junto a una reja volada, oculto tras un matorral de santarritas o
madreselvas, el galán cantaba versos
compuestos por él a su damisela acompañado por una guitarra melancólica y arrullado
por las brisas frescas que venían desde la laguna.
Si la niña la aceptaba, un brazo
asomaba por entre las rejas dejando caer
sobre la acera de rojos ladrillos un blanco jazmín.
A continuación , con voz muy queda, los
enamorados se comunicaban sus sentimientos y sus esperanzas. Y digo con voz muy
queda, porque nunca faltaban los futuros
suegros que, queriendo desalentar una
unión inconveniente despidieran al potencial yerno con un baldazo de agua fría
o, en el peor de los casos con un trabucazo en la retaguardia.
Como en
esas épocas no había celulares, la enamorada le hacía llegar a su amado su mensaje de amor o el lugar secreto de
encuentros escribiéndolo con la punta de un alfiler en pétalos de rosas,
camelias o magnolias.
En reuniones familiares, nuestras
madres y
tías suelen desplegar de vez en cuando el abanico de recuerdos
celosamente atesorados y relatarnos las
serenatas que les dedicaron a ellas,
cuando siendo novias ya comprometidas , y luego de las
despedidas de soltero, nuestros
padres acudían en noches de luna llena, al filo de la
medianoche, junto con amigos y algún
guitarrista, a cantarles canciones de
amor luego de poner un ramo de jazmines y azahares húmedos en el alféizar de la
ventana.
Las mujeres en largos camisones, muchas
veces sin encender las luces, escuchaban
tras la ventana, espiando por entre los visillos para ver quienes eran, y para agradecer con un tímido - ¡Muchas gracias ! cuando el
repertorio finalizaba.
Como tales expresiones no pasaban
desapercibidas en el vecindario, al día siguiente, en la verdulería o en la panadería, los vecinos comentaban con
lujo de detalles desde la variedad del repertorio hasta las cualidades del
cantor, porque como dije antes, en el barrio se competía para que ver qué bella
dama había sido la destinataria de la mejor serenata.
A partir de allí su cotización subía como por arte de
magia, apreciándose su mayor o menor
popularidad, en el número de personas que acudían a presenciar la ceremonia
religiosa de su matrimonio, que es el broche de oro con el que culminaban los
requiebros musicales entre enamorados en
lejanas noches de luna llena por estos lares guadalupanos...


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