sábado, 8 de marzo de 2014

DE SERENATAS Y JAZMINES

                                                                                                                     por Adriana Pritz
Artículo publicado en Diario El Litoral de Santa Fe en Febrero 29 de 2000



La época estival en nuestra región es pródiga en festivales donde se hace culto a nuestras tradiciones musicales. La vigencia de cierto grupo musical integrado por jóvenes trovadores cuyo repertorio incluye temas dedicados al amor y la reflexión escuchada al pasar de cierta jovencita que exclamó, 
-"Ay, quien fuera merecedora de una serenata cantada por ellos junto a mi ventana..."  
me movieron a escribir estas líneas.

Hoy ya nadie declara su amor a otra persona a través de una serenata.   
Nuestra sociedad se mueve con códigos muy diferentes  de los de hace  medio siglo donde tales expresiones de galantería eran moneda corriente a la hora de expresar los sentimientos hacia el ser amado. 
En aquellos tiempos,  los galanes solían dedicar  serenatas a sus damas donde además existía un código floral para expresar aceptación o desaire.  Por lóbrega que fuese la noche, el cantor divisaba la flor y acudía a la señal.  Junto a una reja volada, oculto tras un matorral de santarritas o madreselvas,  el galán cantaba versos compuestos por él a su damisela acompañado por una guitarra melancólica y  arrullado  por las brisas frescas que venían desde la laguna.
Si la niña la aceptaba, un brazo asomaba por entre las rejas  dejando caer sobre la acera de rojos ladrillos un blanco jazmín.


                                                                                                                          
A continuación , con voz muy queda, los enamorados se comunicaban sus sentimientos y sus esperanzas. Y digo con voz muy queda,  porque nunca faltaban los futuros suegros que,  queriendo desalentar una unión inconveniente despidieran al potencial yerno con un baldazo de agua fría o,  en el peor  de los casos con un trabucazo en la  retaguardia.

Como en esas épocas no había celulares, la enamorada le hacía llegar a su amado su  mensaje de amor o el lugar secreto de encuentros escribiéndolo con la punta de un alfiler en pétalos de rosas, camelias o magnolias.

En reuniones familiares, nuestras madres  y  tías suelen desplegar de vez en cuando el abanico de recuerdos celosamente atesorados y relatarnos las  serenatas que les dedicaron a ellas,  cuando siendo novias ya comprometidas , y  luego de las  despedidas  de soltero, nuestros padres acudían  en  noches de luna llena, al filo de la medianoche,  junto con amigos y algún guitarrista, a cantarles  canciones de amor luego de poner un ramo de jazmines y azahares húmedos en el alféizar de la ventana.

Las mujeres en largos camisones, muchas veces sin encender las luces,  escuchaban tras la ventana, espiando por entre los visillos para ver quienes eran,  y para agradecer con un tímido  -  ¡Muchas gracias ! cuando el repertorio finalizaba.
Como tales expresiones no pasaban desapercibidas en el vecindario, al día siguiente, en la verdulería o  en la panadería, los vecinos comentaban con lujo de detalles desde la variedad del repertorio hasta las cualidades del cantor, porque como dije antes, en el barrio se competía para que ver qué bella dama  había sido la destinataria de  la mejor serenata.

 A partir de allí  su cotización subía como por arte de magia,  apreciándose su mayor o menor popularidad, en el número de personas que acudían a presenciar la ceremonia religiosa de su matrimonio, que es el broche de oro con el que culminaban los requiebros musicales entre enamorados  en lejanas noches de luna llena por estos lares guadalupanos... 




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